LA HORA ACORDADA

DoƱa MarĆa Isabel Ćlvarez RoldĆ”n, viuda, sin herederos, vivĆa en un piso en la Calle Almagro de 210 metros cuadrados, totalmente sola. Las maƱanas las ocupaba Macarena, una grĆ”cil andaluza que era su Ā«mucamaĀ» desde hacĆa mĆ”s de cuarenta aƱos, pero simple y solo eso: un servicio, y āel servicio hay que mantenerle en su sitioā, como siempre repetĆa Marisabel. Y en su sitio estaba Macarena, con su paso ligero y su paƱo de algodón, limpiando los muebles de caoba que habĆan visto mejor Ć©poca y que, como ella, parecĆan esperar algo que nunca llegaba.
Todos los dĆas, despuĆ©s de la siesta āque ella llamaba āmi siestucaā, conservando aĆŗn sus dejes montaƱeses que reafirmaba con anĆ©cdotas de su BĆ”dames natalā, Marisabel se preparaba. En BĆ”dames, decĆa, tenĆa ātrozos de montesā y algunas propiedades de sus abuelos, aunque no sabĆa ni dónde ni cuĆ”nto era, porque eso lo llevaba su primo-hermano Miguel, un hombre de bigote espeso y manos gruesas que aparecĆa una vez al aƱo con papeles que ella firmaba sin leer.
A las cuatro y media en punto, Marisabel cogĆa un taxi en la puerta de su edificio. āA la CafeterĆa California, en la calle AlcalĆ”ā, decĆa con autoridad, y el taxista, que ya la conocĆa, asentĆa sin replicar. Durante el trayecto, ella miraba por la ventanilla con una mezcla de desprecio y curiosidad hacia el Madrid que se agitaba fuera, un mundo que ella ya no entendĆa ni querĆa entender.
La āCafeterĆa Californiaā era un lugar de otro tiempo, con sus butacas de terciopelo rojo desgastado y sus lĆ”mparas de bronce que proyectaban una luz amarillenta y cansada. AllĆ la esperaba Josefina, su āconversadoraā. Josefina no era una amiga, porque Marisabel no tenĆa amigas; era una empleada, como Macarena, pero con un cometido distinto. La mujer, de unos sesenta aƱos, siempre llegaba puntual, con su vestido oscuro y su pelo recogido en un moƱo apretado, y se sentaba frente a Marisabel con una sonrisa profesional que nunca llegaba a sus ojos.
āDoƱa MarĆa Isabel, quĆ© bien la veo ādecĆa Josefina, y Marisabel asentĆa, complacida.
Entonces comenzaba el ritual. Marisabel pedĆa dos cafĆ©s con leche y dos āsobaosā pasiegos. Eran exactamente las cinco de la tarde, y tenĆan una hora, ni un minuto mĆ”s, ni uno menos. Era lo acordado. Trescientas pesetas. En aquella Ć©poca, trescientas pesetas eran una fortuna, y completaban el salario que Josefina obtenĆa en sus ocho o diez horas anteriores como sirvienta en una casa de āabolengoā de seƱores con mucho dinero en ChamberĆ.
Josefina escuchaba. Eso era lo que hacĆa, fundamentalmente: escuchar. Marisabel hablaba de su juventud en Santander, de los veranos en el Palacio de la Magdalena, de los bailes y los pretendientes que tuvo, aunque nunca mencionaba a su difunto marido, como si aquel matrimonio hubiera sido un accidente del que preferĆa no acordarse. Hablaba de sus propiedades en BĆ”dame, de los montes que no habĆa visto en dĆ©cadas, de la finca que su abuelo habĆa comprado y que ella heredarĆa algĆŗn dĆa, aunque no sabĆa cuĆ”ndo ni cómo.
āMi primo-hermano Miguel dice que todo estĆ” en orden ādecĆa, y Josefina asentĆa con la cabezaā. Pero yo no entiendo de esas cosas. Para eso estĆ”n los hombres.
Josefina, mientras tanto, pensaba en sus propias cosas. Pensaba en el seƱorito Felipe, el hijo de sus patrones, que habĆa vuelto de Londres con una novia inglesa y unos modales que no le gustaban. Pensaba en sus pies, que le dolĆan despuĆ©s de fregar los suelos de mĆ”rmol de la casa de ChamberĆ. Pensaba en las trescientas pesetas, que eran la mitad de lo que ganaba en un dĆa entero, y en cómo aquella seƱora, sentada frente a ella, daba por sentado que su tiempo valĆa menos que un cafĆ© con leche.
Pero Josefina sonreĆa y asentĆa, y cuando Marisabel se quedaba en silencio, ella le ofrecĆa un āquĆ© interesanteā o un āno me digaā, que la anciana recibĆa como el tributo que merecĆa. Marisabel necesitaba ser escuchada, necesitaba que alguien validara su existencia, aunque fuera por dinero. Y Josefina necesitaba ese dinero, aunque tuviera que tragarse el orgullo y fingir que aquella hora era un placer.
A las seis en punto, Marisabel sacaba su monedero de piel de cocodrilo y contaba las monedas una por una sobre la mesa. Trescientas pesetas exactas. Josefina las recogĆa con una sonrisa, las guardaba en el bolsillo de su delantal y se levantaba.
āHa sido un placer, DoƱa MarĆa Isabel.
āIgualmente, Josefina. Hasta maƱana.
Y Josefina se marchaba a su casa, en un barrio obrero al otro lado de la ciudad, donde la esperaba una cena frĆa y una cama que compartĆa con su hermana viuda y sus dos hijos. Marisabel, en cambio, pedĆa otro taxi y volvĆa a su piso de la Calle Almagro, donde Macarena ya se habĆa ido y donde el silencio la esperaba como un animal domĆ©stico, manso y hambriento.
Aquella noche, mientras se desvestĆa frente al espejo del recibidor, Marisabel se miró por un instante. Vio a una mujer vieja, arrugada, con el pelo blanco y los hombros caĆdos. Vio sus manos, manchadas de aƱos, y recordó las manos de su madre, iguales. Recordó a su madre diciĆ©ndole: āMarisabel, el servicio hay que mantenerlo en su sitioā. Y ella lo habĆa hecho. Siempre lo habĆa hecho.
Pero esa noche, por primera vez, se preguntó quiĆ©n la mantenĆa a ella en su sitio. QuiĆ©n la escuchaba sin cobrarle. QuiĆ©n la esperaba.
No encontró respuesta.
Al dĆa siguiente, a las cuatro y media, volvió a tomar un taxi hacia la CafeterĆa California. Josefina ya estaba allĆ, con su sonrisa profesional y su vestido oscuro. Marisabel pidió dos cafĆ©s con leche y dos sobaos, y comenzó a hablar de su juventud, de los bailes, de los montes de BĆ”dames que nunca habĆa visto. Josefina asintió y sonrió, como siempre, y a las seis en punto recibió sus trescientas pesetas.
Y todo siguió igual.
Porque el mundo, pensaba Marisabel mientras el taxi la llevaba de vuelta a su piso vacĆo, era un lugar de sitios y de gente que sabĆa mantenerlos. Y ella, doƱa MarĆa Isabel Ćlvarez RoldĆ”n, viuda, sin herederos, sabĆa perfectamente cuĆ”l era el suyo.
O eso creĆa.
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Author: Jorge A. Capote
