Pagar por hablar (II)

Pagar por hablar (II)

LA HORA ACORDADA

DoƱa MarĆ­a Isabel Ɓlvarez RoldĆ”n, viuda, sin herederos, vivĆ­a en un piso en la Calle Almagro de 210 metros cuadrados, totalmente sola. Las maƱanas las ocupaba Macarena, una grĆ”cil andaluza que era su Ā«mucamaĀ» desde hacĆ­a mĆ”s de cuarenta aƱos, pero simple y solo eso: un servicio, y ā€œel servicio hay que mantenerle en su sitioā€, como siempre repetĆ­a Marisabel. Y en su sitio estaba Macarena, con su paso ligero y su paƱo de algodón, limpiando los muebles de caoba que habĆ­an visto mejor Ć©poca y que, como ella, parecĆ­an esperar algo que nunca llegaba.

Todos los dĆ­as, despuĆ©s de la siesta —que ella llamaba ā€œmi siestucaā€, conservando aĆŗn sus dejes montaƱeses que reafirmaba con anĆ©cdotas de su BĆ”dames natal—, Marisabel se preparaba. En BĆ”dames, decĆ­a, tenĆ­a ā€œtrozos de montesā€ y algunas propiedades de sus abuelos, aunque no sabĆ­a ni dónde ni cuĆ”nto era, porque eso lo llevaba su primo-hermano Miguel, un hombre de bigote espeso y manos gruesas que aparecĆ­a una vez al aƱo con papeles que ella firmaba sin leer.

A las cuatro y media en punto, Marisabel cogĆ­a un taxi en la puerta de su edificio. ā€œA la CafeterĆ­a California, en la calle AlcalĆ”ā€, decĆ­a con autoridad, y el taxista, que ya la conocĆ­a, asentĆ­a sin replicar. Durante el trayecto, ella miraba por la ventanilla con una mezcla de desprecio y curiosidad hacia el Madrid que se agitaba fuera, un mundo que ella ya no entendĆ­a ni querĆ­a entender.

La ā€œCafeterĆ­a Californiaā€ era un lugar de otro tiempo, con sus butacas de terciopelo rojo desgastado y sus lĆ”mparas de bronce que proyectaban una luz amarillenta y cansada. AllĆ­ la esperaba Josefina, su ā€œconversadoraā€. Josefina no era una amiga, porque Marisabel no tenĆ­a amigas; era una empleada, como Macarena, pero con un cometido distinto. La mujer, de unos sesenta aƱos, siempre llegaba puntual, con su vestido oscuro y su pelo recogido en un moƱo apretado, y se sentaba frente a Marisabel con una sonrisa profesional que nunca llegaba a sus ojos.

—DoƱa MarĆ­a Isabel, quĆ© bien la veo —decĆ­a Josefina, y Marisabel asentĆ­a, complacida.

Entonces comenzaba el ritual. Marisabel pedĆ­a dos cafĆ©s con leche y dos ā€œsobaosā€ pasiegos. Eran exactamente las cinco de la tarde, y tenĆ­an una hora, ni un minuto mĆ”s, ni uno menos. Era lo acordado. Trescientas pesetas. En aquella Ć©poca, trescientas pesetas eran una fortuna, y completaban el salario que Josefina obtenĆ­a en sus ocho o diez horas anteriores como sirvienta en una casa de ā€œabolengoā€ de seƱores con mucho dinero en ChamberĆ­.

Josefina escuchaba. Eso era lo que hacía, fundamentalmente: escuchar. Marisabel hablaba de su juventud en Santander, de los veranos en el Palacio de la Magdalena, de los bailes y los pretendientes que tuvo, aunque nunca mencionaba a su difunto marido, como si aquel matrimonio hubiera sido un accidente del que prefería no acordarse. Hablaba de sus propiedades en BÔdame, de los montes que no había visto en décadas, de la finca que su abuelo había comprado y que ella heredaría algún día, aunque no sabía cuÔndo ni cómo.

—Mi primo-hermano Miguel dice que todo estĆ” en orden —decĆ­a, y Josefina asentĆ­a con la cabeza—. Pero yo no entiendo de esas cosas. Para eso estĆ”n los hombres.

Josefina, mientras tanto, pensaba en sus propias cosas. Pensaba en el señorito Felipe, el hijo de sus patrones, que había vuelto de Londres con una novia inglesa y unos modales que no le gustaban. Pensaba en sus pies, que le dolían después de fregar los suelos de mÔrmol de la casa de Chamberí. Pensaba en las trescientas pesetas, que eran la mitad de lo que ganaba en un día entero, y en cómo aquella señora, sentada frente a ella, daba por sentado que su tiempo valía menos que un café con leche.

Pero Josefina sonreĆ­a y asentĆ­a, y cuando Marisabel se quedaba en silencio, ella le ofrecĆ­a un ā€œquĆ© interesanteā€ o un ā€œno me digaā€, que la anciana recibĆ­a como el tributo que merecĆ­a. Marisabel necesitaba ser escuchada, necesitaba que alguien validara su existencia, aunque fuera por dinero. Y Josefina necesitaba ese dinero, aunque tuviera que tragarse el orgullo y fingir que aquella hora era un placer.

A las seis en punto, Marisabel sacaba su monedero de piel de cocodrilo y contaba las monedas una por una sobre la mesa. Trescientas pesetas exactas. Josefina las recogĆ­a con una sonrisa, las guardaba en el bolsillo de su delantal y se levantaba.

—Ha sido un placer, DoƱa MarĆ­a Isabel.

—Igualmente, Josefina. Hasta maƱana.

Y Josefina se marchaba a su casa, en un barrio obrero al otro lado de la ciudad, donde la esperaba una cena frƭa y una cama que compartƭa con su hermana viuda y sus dos hijos. Marisabel, en cambio, pedƭa otro taxi y volvƭa a su piso de la Calle Almagro, donde Macarena ya se habƭa ido y donde el silencio la esperaba como un animal domƩstico, manso y hambriento.

Aquella noche, mientras se desvestĆ­a frente al espejo del recibidor, Marisabel se miró por un instante. Vio a una mujer vieja, arrugada, con el pelo blanco y los hombros caĆ­dos. Vio sus manos, manchadas de aƱos, y recordó las manos de su madre, iguales. Recordó a su madre diciĆ©ndole: ā€œMarisabel, el servicio hay que mantenerlo en su sitioā€. Y ella lo habĆ­a hecho. Siempre lo habĆ­a hecho.

Pero esa noche, por primera vez, se preguntó quién la mantenía a ella en su sitio. Quién la escuchaba sin cobrarle. Quién la esperaba.

No encontró respuesta.

Al día siguiente, a las cuatro y media, volvió a tomar un taxi hacia la Cafetería California. Josefina ya estaba allí, con su sonrisa profesional y su vestido oscuro. Marisabel pidió dos cafés con leche y dos sobaos, y comenzó a hablar de su juventud, de los bailes, de los montes de BÔdames que nunca había visto. Josefina asintió y sonrió, como siempre, y a las seis en punto recibió sus trescientas pesetas.

Y todo siguió igual.

Porque el mundo, pensaba Marisabel mientras el taxi la llevaba de vuelta a su piso vacƭo, era un lugar de sitios y de gente que sabƭa mantenerlos. Y ella, doƱa Marƭa Isabel Ɓlvarez RoldƔn, viuda, sin herederos, sabƭa perfectamente cuƔl era el suyo.

O eso creĆ­a.