LA PRECISIÓN DE LAS IMPRECISIONES
Un dilema filosófico o conceptual
Un día, me levanté con restos de un sueño en el que las incertidumbres de este tema fascinante era el tema central. Un amplio abanico de posibilidades para la reflexión y el análisis, y que aquí trato de dejarlas.
La paradoja de la precisión en la imprecisión: ¿cómo podemos hablar con precisión sobre la imprecisión sin caer en contradicciones? La relación entre la precisión y la verdad: ¿es posible alcanzar la verdad sin ser preciso? Son incógnitas que nos hacen reflexionar en esta intentona de análisis.
La historia del pensamiento humano podría leerse como una larga tentativa por domeñar la imprecisión. Desde los primeros intentos de fijar definiciones claras en la filosofía griega, hasta la exactitud matemática de la ciencia moderna, la aspiración ha sido siempre la misma: obtener un lenguaje y un conocimiento que no dejen espacio a la ambigüedad. Y, sin embargo, la paradoja se impone: cuanto más buscamos precisión absoluta, más evidente se hace la inevitabilidad de la imprecisión. El dilema no es menor: ¿cómo reconciliar la necesidad de precisión con la certeza de que siempre habrá un resto inasible, una vaguedad que no puede eliminarse sin violentar la riqueza de lo real?
Una primera tentación consiste en pensar que hablar con precisión sobre la imprecisión es una contradicción. ¿Cómo puede formalizarse lo difuso sin traicionarlo? Sin embargo, la lógica difusa y las matemáticas de la incertidumbre muestran lo contrario: lo impreciso puede ser tratado rigurosamente, sin que ello signifique anularlo. El filósofo Ludwig Wittgenstein[1] señalaba que los conceptos se definen más por “parecidos de familia” que por límites exactos: “no hay una línea que separe con precisión todos los casos en los que aplicamos una palabra”[2].
La paradoja se resuelve, entonces, al aceptar que “precisión” e “imprecisión” no son polos absolutos, sino escalas que adquieren sentido en contextos concretos. Ser preciso sobre la imprecisión no es una contradicción, sino un ejercicio de clarificación de lo borroso.
¿Es la imprecisión un defecto del lenguaje que podría superarse, o es, más bien, su condición constitutiva? La aspiración de un lenguaje perfectamente exacto ha estado siempre presente: desde el ideal lógico de Leibniz de una characteristica universalis[3] hasta los lenguajes formales contemporáneos de la lógica matemática. Pero el lenguaje humano, el de la vida cotidiana, nunca puede desprenderse de la ambigüedad.
Ferdinand de Saussure[4] recordaba que el signo lingüístico es arbitrario y relacional, por lo que el significado depende siempre de oposiciones y diferencias (Curso de lingüística general, 1916). Derrida[5] llevaría esto más lejos con su noción de différance, mostrando que el significado está siempre diferido, nunca cerrado: “no hay significado trascendental que escape al juego de la significación” (Derrida, De la gramatología, 1967).
Así, la imprecisión no es un fallo, sino lo que hace posible la plasticidad y la riqueza del lenguaje. Sin ella, la comunicación sería un mecanismo rígido, incapaz de adaptarse a la fluidez del mundo.
No se trata de elegir entre la precisión absoluta y la vaguedad total, sino de establecer umbrales pragmáticos. Charles S. Peirce[6] ya hablaba de la “falibilidad” del conocimiento humano: nunca alcanzamos la certeza absoluta, pero podemos lograr niveles de precisión “suficientes” para la práctica.
En la ciencia, la precisión se mide estadísticamente: un 95% de confianza puede ser aceptable en medicina, mientras que la ingeniería espacial requiere márgenes mucho más estrechos. En la vida cotidiana, decir “nos vemos en la tarde” es suficiente; exigir un horario exacto resultaría innecesario o incluso absurdo. En el derecho, la palabra “razonable” opera como un término deliberadamente impreciso, que permite ajustar la norma a la singularidad de los casos.
El nivel de precisión adecuado depende siempre de la finalidad práctica y del horizonte de consecuencias. Como diría Aristóteles en la Ética a Nicómaco[7] (I, 3), no debemos esperar la misma precisión en todas las disciplinas: “es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada género de cosas en la medida en que lo permite la naturaleza del asunto”.
Quizá lo más desconcertante sea aceptar que la imprecisión no solo es inevitable, sino que a veces resulta más fiel a la realidad que la precisión. Un mapa demasiado detallado sería tan grande como el territorio y, por lo tanto, inútil; su poder reside en la simplificación. Borges lo expresó magistralmente en su cuento Del rigor en la ciencia, donde describe un imperio cuyo mapa, al intentar ser perfecto, terminó coincidiendo con el territorio y, por ello, devino inútil.
En arte, la indeterminación es una virtud: un poema abierto a múltiples interpretaciones refleja mejor la complejidad de la experiencia que una descripción cerrada. Paul Valéry[8] decía: “Lo más profundo es la piel”, recordándonos que lo impreciso puede revelar más que lo exacto. Incluso en la física, el principio de indeterminación de Heisenberg[9] nos recuerda que no es solo nuestra mente la que encuentra límites: la naturaleza misma contiene márgenes de indeterminación irreductibles (The Physical Principles of the Quantum Theory, 1930).
En todos estos casos, lo impreciso no es un error que corregir, sino una manera más adecuada de captar lo real.
Epílogo personal
La imprecisión no es el fracaso de la precisión, sino su límite natural y, en ocasiones, su superación. Reconocerlo nos invita a una filosofía de la modestia: saber que el mundo es demasiado amplio para ser encerrado en fórmulas exactas, pero también demasiado concreto para ser abandonado a la vaguedad total. La verdadera precisión tal vez consista, en última instancia, en aprender a ser precisos sobre nuestras imprecisiones.
Al reflexionar sobre este dilema, no puedo evitar pensar que la imprecisión es, en cierto modo, lo que nos humaniza. La obsesión por la exactitud absoluta me parece a veces una forma de negar nuestra fragilidad y nuestra finitud. La vida que habitamos no se deja reducir a definiciones cerradas ni a fórmulas sin resto: siempre hay un margen de incertidumbre, de ambigüedad, de apertura. Y creo que es precisamente allí donde reside la riqueza de nuestra experiencia. Para mí, aprender a ser “precisos sobre lo impreciso” significa aceptar que el conocimiento no es dominio total, sino diálogo constante con lo inasible. La verdadera sabiduría, pienso, no consiste en eliminar la imprecisión, sino en habitarla con lucidez.
JACA, Santander, mayo 2026
Referencias:
[1] Ludwig Josef Johann Wittgenstein (Viena, 26 de abril de 1889-Cambridge, 29 de abril de 1951), conocido como Ludwig Wittgenstein, fue un filósofo, matemático, lingüista y lógico austríaco, posteriormente nacionalizado británico.
[2] Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, §67.
[3] El ideal lógico de Leibniz de una characteristica universalis era un lenguaje conceptual universal, un sistema de símbolos para representar todo el conocimiento humano, que funcionaría conjuntamente con un calculus ratiocinator para realizar cálculos lógicos.
[4] Ferdinand de Saussure, (Ginebra, 26 de noviembre de 1857-Vufflens-le-Château, 22 de febrero de 1913) fue un lingüista, semiólogo y filósofo suizo cuyas ideas sirvieron para el inicio y posterior desarrollo del estudio de la lingüística moderna en el siglo XX.
[5] Jacques Derrida, (El-Biar, 15 de julio de 1930-París, 8 de octubre de 2004) fue un filósofo franco-argelino, conocido popularmente por desarrollar un análisis semiótico conocido como deconstrucción. Es una de las principales figuras asociadas con el posestructuralismo y la filosofía posmoderna.
[6] Charles Sanders Peirce, (Cambridge, Massachusetts, 10 de septiembre de 1839-Milford, Pensilvania, 19 de abril de 1914) fue un filósofo, lógico y científico estadounidense. Es considerado el fundador del pragmatismo y el padre de la semiótica lógica moderna o teoría de los signos, junto con Ferdinand de Saussure, padre la semiótica estructuralista o semiología.
[7] En la Ética a Nicómaco, Aristóteles define la felicidad (eudaimonia) como el fin último de la vida humana, alcanzable a través de la virtud. La obra explora cómo la virtud, entendida como un término medio entre dos extremos (vicios), se adquiere a través del hábito y la razón, no de la mera naturaleza. También aborda conceptos como la amistad, la justicia y el carácter, fundamentando así la ética occidental.
[8] Ambroise-Paul-Toussaint-Jules Valéry (Sète, 30 de octubre de 1871-París, 20 de julio de 1945) fue un escritor, poeta, ensayista y filósofo francés
[9] Werner Karl Heisenberg (Wurzburgo, Reino de Baviera; 5 de diciembre de 1901 – Múnich, Baviera; 1 de febrero de 1976) fue un físico teórico alemán y uno de los pioneros clave de la mecánica cuántica.
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Author: Jorge A. Capote
